Así lo viví

Hace dos años fuimos convocados a las urnas para elegir al nuevo Presidente de México, Jefa de Gobierno, diputados federales, senadores y diputados de Congresos locales, ayuntamientos, entre otros cargos más. Los 89 millones 250 mil 974 inscritos en la Lista Nominal, es decir, los que contamos con credencial de elector vigente, fuimos llamados a participar en la elección más grande en la historia del país.

En 2018 el panorama era tenso. La administración saliente se caracterizó por los actos de corrupción, crecimiento de la pobreza, aumento de la violencia y desapariciones forzadas.

Para la ciudadanía, los comicios cobraron mayor relevancia para cambiar democrática y limpiamente esta situación.

Para las autoridades electorales significó un reto mayúsculo. El INE, además de capacitar a un enorme ejército ciudadano para la instalación de casillas y escrutinio de votos, requería salir la noche del 1 de julio con un mensaje contundente y claro. No se podía repetir la falla de comunicación de la elección de 2006 y menos con un claro candidato puntero.

En el caso del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), se procuró con cada sentencia maximizar y proteger los derechos políticos de las y los ciudadanos. En materia de comunicación, donde me desempeñé por cinco años, se buscó traducir ese lenguaje técnico en uno sencillo y comprensible. Difundir y acercar las actividades que este órgano jurisdiccional realiza en una elección, entre otras estrategias.

Tanto en el INE como en el TEPJF, nos preparamos para todos los escenarios posibles. El contexto social, económico y político del momento nos exigían estar a la altura de las circunstancias: transparencia en todo momento y, ante cualquier duda, explicar las veces necesarias.

El calor politico de las campañas y el lastre del “fraude” electoral siempre estuvieron presentes y jugaron un papel contracorriente para las autoridades electorales. No hace falta recordar todos los pasajes pero los comicios de 2018 sí fueron los más ríspidos y donde se notó claramente el ejercicio de la violencia tanto física como verbal.

Para mí, la noche del 30 de junio fue la más larga. Después de una preparación académica y, desde luego laboral, había llegado el momento de poner en práctica toda esa profesionalización.

Domingo 1 de julio, “El Día D”; día de salir a votar y para nosotros, desde la función electoral, desplegar un monitoreo intenso de radio, televisión y redes sociales para conocer de los incidentes ocurridos desde la apertura de las casillas a las 8 de la mañana hasta el cierre a las 6 de la tarde. La ciudadanía salió a votar más que en otros años. Se percibía un ambiente tranquilo pero no para el Instituto ni para el Tribunal.

Más tarde, con el cierre de casillas, comenzaron a salir las primeras casas encuestadoras con proyecciones luego de realizar sus encuestas de salida. La expectativa aumentaba: ¿quién había ganado?

Recuerdo que ese día varios amigos me mandaron su foto con el pulgar pintado como señal de que habían ejercido su derecho al sufragio. Pero también me compartían imágenes de las sábanas (papel bond) colgadas afuera de las casillas donde se informaba del resultado preliminar de la votación. Ellos mismos, incluso, estaban picándole a la página del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) del INE para vigilar que concordara la información de la sábana con el sitio. Otros amigos, que tuvieron el privilegio de ser funcionarios, me compartían su emoción de entregar los paquetes en las sedes para el posterior conteo final e impugnable.

Desde varios meses intensos de trabajo, llegaba el clímax de la fiesta. No había pasado mucho tiempo desde el cierre de casillas cuando comenzó a ponerse mejor la fiesta: el candidato del PRI, José Antonio Meade, se descartó como ganador. Horas más tarde, el abanderado del PAN, Ricardo Anaya, salió a declarar que los resultados no le favorecían. Nadie, absolutamente nadie en la oficina dio crédito a lo que estaba ocurriendo. De todos los escenarios trabajados, éste no se veía venir con tales variantes.

Desde que el IFE adquirió su autonomía plena, a la fecha, ¿cuándo se había visto que los contendientes se autodescartaran del triunfo antes del mensaje del Consejero Presidente? Lo que ocurrió esa noche fue diferente. Las encuestadoras daban por ganador absoluto al candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Más tarde, Lorenzo Córdova abonó a la certeza con los resultados preliminares del PREP y el Conteo Rápido.

Por primera vez en la historia de la vida democrática de este país, ni el INE ni el TEPJF estaban en “llamas”. No había presión, ataques, descalificaciones ni mucho menos incertidumbre del resultado de la votación.

Independientemente del resultado, desde la función electoral, cerramos el día con satisfacción de haber contribuido en la organización de la elección y que la ciudadanía saliera a votar en un clima de tranquilidad.

Muchas cosas se quedan en el tintero pero, de esa noche, me quedo con la grata experiencia de haber participado en un proceso electivo federal. Que mi familia y amigos fueran a las urnas a ejercer su derecho y a vigilar todos los procesos. Que después de las largas jornadas de trabajo, hasta de madrugada y con pocas horas de descanso, valieran la pena para abonar a la certidumbre en todo momento. Que después de prepararme académicamente para ese momento y compartir esta vivencia en las aulas, hoy varios ex alumnos se dediquen a la función electoral por la convicción de contribuir a generar procesos democráticos más sencillos y mejor comunicados.

Por: Raúl Ortiz

Soy comunicólogo egresado de la UNAM.
Si quieres conversar sobre política, elecciones y medios, te espero en Twitter en @duckiin.
Como buena tradición oaxaqueña, yo pongo el chocolate caliente y pan de yema o mezcal, dependiendo la hora. Te espero.

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