Hablando de… Filas

Sin temor a equivocarme puedo asegurar que en México pocas cosas se consiguen sin hacer una fila; personalmente mis primeros recuerdos formada me llevan a la tortillería, en aquel entonces las familias podíamos obtener un kilo de tortillas diariamente con una cupón, así que era una misión muy seria llevar en una mano la “servilleta” y en otra el cupón, por una extraña razón, en nuestro país, las tortillerías se instalan en el lugar en el que más da el sol a cualquier hora del día, así que tenía que hacer una acalorada fila de no menos de 15 minutos, la cual soportaba con la esperanza de que al llegar obtendría gratuitamente un taquito de sal.

Hay que hacer filas para inscribirse en la escuela, sacar una cita médica, subir al transporte público, pagar servicios o productos, hacer trámites y hasta pagar el estacionamiento; está obligada reunión siempre me pareció una oportunidad para conocer gente o ponerse el día con las novedades de la comunidad, sin embargo el uso de los teléfonos celulares ha bloqueado por completo la posibilidad de iniciar charlas; ya sea que traigan audífonos, estén enviando mensajes, “mirando sin mirar” redes sociales o de plano realizando llamadas personales en las que todos los “formados” nos enteramos de las dinámicas familiares.

En mi caso disfruto de las filas siempre y cuando el sol no me agobie, no saco el celular y me gusta observar a la gente; desde hace unos meses he tenido que hacer muchas filas en los servicios de salud, noté que mucha gente se me acercaba para hacerme preguntas, al principio creí que era porque mi rostro reflejaba una gran sabiduría burocrática, pero descubrí que en realidad se acercaban a mí porque era la única persona que no estaba absorta en un dispositivo electrónico.

En las filas he aprendido de tolerancia pues por más que te enojes no avanzaras más rápido, siempre habrá quien haga preguntas que parecen absurdas pero para otros son la diferencia entre recibir un medicamento o no, sin importar el trámite siempre hay que llevar un lapicero en el bolsa y dos copias de cualquier documento que se haya solicitado; por muy malhumorado que esté quién nos va atender hay que sonreírle y saludarle amablemente, es impresionante como cambia la gente cuando se es cordial.

El “apartar” lugar en la fila lleva su carga de responsabilidad pues hay que saber explicar cuántos lugares hay que respetar en caso de reclamo; es importante aprender a iniciar conversaciones con las frases “qué calor hace” o “ya pegó el frío”, con un simple “qué le vamos a hacer” o un suspiro solidario.

Aunque parezca digno de terapia, cuando hago nuevo amigos entre los formados me gusta cambiarme el nombre por Sofía, Azul o cualquier nombre mitológico que haya leído, he sido abogada, perito criminalista, ingeniera en aeronáutica, madre de 3 hijos, diseñadora de interiores y matemática, el problema inicia cuando me preguntan de la profesión, así que procuro cambiar el tema; si es que no fantasean como yo, he conocido a una abuela que viaja todas las semanas una hora para obtener su medicina sin que ninguno de sus hijos quiera acompañarla, una mujer que huyó del barullo de la CDMX y ahora da clases gratis de yoga en un parque público, un padre que con pena pero responsabilidad acompaña a su hija a su primera cita ginecológica y una mujer que se niega a recibir su tratamiento psiquiátrico pero nunca falta a sus citas, entre otras muchas interesantes personas.

Cuando las filas se convierten en una oportunidad de convivir parecen más cortas, si eres amable, tal vez hasta si cedes un lugar cuando no tengas prisa encontraras gratificación personal, dudo mucho que desaparezca la necesidad de formarse así que o las tomamos con filosofía o las sufrimos, de nosotros depende.

Sean felices.